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UNA OPORTUNIDAD PARA HACER LA ESCUELA MÁS HUMANA

Con todo, la covid-19 puede ser una magnífica oportunidad para avanzar hacia esa escuela más humana, basada en el contacto con uno mismo, con los demás y con el mundo natural, con lo que algunos llevamos soñando y trabajando desde hace décadas.

Estas serían algunas de sus características:

Una escuela íntima

Nos parece imprescindible bajar la magnitud, una reivindicación histórica de los profesores: no para mantener la distancia de seguridad, sino por criterios educativos, de cuidado y de salud entendida como bienestar físico, mental y social. Aunque con diferentes intensidades y matices, la infancia de los tiempos de la covid-19 ha recibido un duro golpe. Según algunos estudios, uno de cada cuatro menores sufre ansiedad tras el encierro. La casa se les ha presentado como el único lugar seguro, y a muchos les va a costar habituarse de nuevo a estar con sus iguales. La escuela debería acogerles con calidez, en pequeños grupos, ofreciéndoles los espacios de intimidad que necesitan para elaborar e integrar estas vivencias traumáticas y extraordinarias. Debería ayudarles a recuperar confianza y seguridad en sí mismos, en los demás y en la vida. Crear pequeñas comunidades centradas en el cuidado hace más fácil el control y seguimiento de los posibles contagios. Al igual que en las familias de origen las personas se tocan, y se cuidan, se trata de crear familias ampliadas, compuestas casi siempre por mismas personas, con el compromiso y la responsabilidad de cuidarse. Una escuela que celebre la vida (en vez de centrarse en el miedo a la muerte), porque las caricias y los abrazos fortalecen el sistema inmunitario.

Una escuela mutua

Al bajar la intensidad, será necesario contratar profesionales, en lugar de dejar a niños y niñas a merced de las tecnologías, en casa o en la biblioteca del centro. Frente a la rigidez de esa escuela robótica, centrada exclusivamente en las materias, aprovechemos para hacer una escuela más orgánica y flexible, centrada en las personas. Además de contratar profesores, se puede apelar a voluntarios de las propias familias, asociaciones, estudiantes en prácticas… Una diversidad que multiplica los talentos y capacidades disponibles, sin minar la calidez humana. Otra opción interesante es renunciar de vez en cuando a la simultaneidad de la enseñanza y a la rigidez de la escuela graduada, para organizar agrupamientos flexibles, formados por niños y niñas de diferentes edades, en los que los más grandes compartan sus saberes y asuman responsabilidades hacia los más pequeños.

Una escuela coherente

Uno de los aspectos más difíciles de esta crisis ha sido la proliferación de normas que han invadido de golpe nuestras vidas y complicado la tarea de transmitírselas a niños y niñas. Algunas de ellas estrictas y prohibitivas, carentes de sentido y difíciles de explicar; otras excesivamente ambiguas, difíciles de comprender e interpretar. Para crecer con salud y responsabilidad, la infancia necesita un sistema normativo coherente, sobre el que puedan reflexionar, que puedan comprender y explicar, en el que puedan participar y, si es necesario, también contribuir a modificar. Este es un aspecto fundamental de la educación moral, política y democrática de un pueblo, que la escuela no puede descuidar.

Una escuela renaturalizada

La naturaleza es un factor de resiliencia fundamental para la infancia del postconfinamiento. Proporciona a niños y niñas todo lo que necesitan para crecer y desarrollarse saludablemente a nivel físico, emocional, social, creativo e intelectual. Para recuperar la seguridad y la confianza. Ofrece espacios alternativos a las aulas para acoger a las pequeñas comunidades de cuidado: patios renaturalizados, jardines, huertos, bosquecillos, playas, parques y plazas cercanas. El contacto con la naturaleza ayudará a niños y niñas a superar con más facilidad sus dificultades, y a prevenir una posible cronificación de las mismas.

Otra escuela es posible tras este coronavirus, pero la que se está planteando, basada en el miedo al virus y no con base en las necesidades educativas, no es adecuada.

*Heike Freire es madre, filósofa, psicóloga y pedagoga y formadora de docentes y familias. Y José María Paricio Talayer es abuelo, pediatra, doctor en Medicina, diplomado en Diseño y Estadística en ciencias de la Salud y presidente de APILAM.

https://elpais.com/elpais/2020/05/15/mamas_papas/1589554177_339665.html